Día mundial de los bosques: ¿cómo nos enriquece su biodiversidad?

Los bosques albergan el 80% de todas las especies terrestres: plantas, animales, insectos, hongos y sus genes constitutivos, de los que depende la salud y la prosperidad de la humanidad. 21 de marzo 2025

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Un cuarto de la población mundial depende directamente de los servicios ecosistémicos que generan los bosques mediante su biodiversidad: agua, aire, alimentos, medicinas y todos los beneficios que estos proveen, servicios que ninguna industria puede suplir, y que contribuyen a que la vida humana sea posible, digna y culturalmente rica.

Y no es coincidencia que la diversidad cultural en América Latina sea tan rica. A diferencia de paisajes con menor biodiversidad y menos boscosos, el 23% de los bosques del mundo que se encuentran en el continente, a través de millones de plantas y animales de géneros distintos, permiten que el grado de acceso a la riqueza cultural sea mayor.

Sin embargo, en los países del continente con una cubierta forestal relativamente alta y en sus primeras etapas de industrialización, los bosques fueron y siguen siendo muy vulnerables. Entre 1990 y 2005 la región de latinoamérica y el caribe perdió casi 64 millones de hectáreas: más de un tercio de la deforestación mundial entre 2000 y 2005 tuvo lugar en esta región.

Cuando Paraguay era Bosque Atlántico

Paraguay se encuentra entre el 11% de superficies del mundo con bosques subtropicales (incluyendo bosques chaqueños). El bosque con mayor biodiversidad el territorio es el Bosque Atlántico del Alto Paraná (BAAPA), albergando cientos de comunidades de distintos pueblos originarios y una biodiversidad que hasta hoy no se termina de estudiar y descubrir, a pesar de las grandes pérdidas de vegetación: en 1945, el BAAPA contaba en Paraguay con 9 millones de hectáreas. Un ejemplo de su anterior exuberancia es el nombre de distintos territorios comprendidos en él: por ejemplo, el “Canindé Sa’yju” era el ave que abundaba en cierta región al noreste del país, por lo que un departamento adoptó el nombre de Canindeyú. Hoy con suerte se verá alguna pareja de canindés o guacamayos de pecho amarillo, siendo Paraguay hace décadas un líder en deforestación a nivel mundial: más del 93% del Bosque Atlántico completamente perdidas.

“Ka’aguy es lo que se llamaba a los bosques grandes, al monte continuado. Hoy, ya no existe”, cuenta José, de la comunidad Fortuna en Canindeyú, zona cuya biodiversidad fue afectada por la producción mecanizada, en plena vigencia de la ley Deforestación Cero en la región oriental.

La pérdida de hábitats del BAAPA ha puesto en peligro y en extinción a muchas especies, resultado de los cambios de uso de suelo, ya sea por cultivos agrícolas, expansión urbana no planificada. El cambio de uso de suelo es la mayor causa de pérdida de biodiversidad en América Latina.

Además de perder cantidad neta de hábitat natural, los procesos de cambio de uso de suelo forman fragmentos de hábitat de diferentes tamaños y distancias entre sí. Esta pérdida y la fragmentación del bosque (es decir, de ser como un “continente de bosque”, pasa a convertirse en diminutas islas de bosques muy alejadas unas de otras) ha dejado áreas insuficientes para los requerimientos de toda la biodiversidad que antes podía albergar, por lo que se producen extinciones o pérdida de servicios ambientales locales (menos calidad del aire, del agua y del suelo). En pocas palabras, esto significa menos servicios ecosistémicos, por ende, menos calidad de vida.

Por ejemplo, en el caso del yaguareté, las densidades documentadas hasta 2005 para garantizar su supervivencia como especie indicaban más de 10.000 km2: un millón de hectáreas de territorio continuado, cerca de un 20% del bosque atlántico original en Paraguay y a su vez, superficie que fue deforestada tan solo del 2001 al 2019. Hoy, la Reserva Natural del bosque Mbaracayú cuenta con alrededor de 12 individuos en poco más de 64.000 ha.

En el territorio original del Bosque Atlántico, las causas y dinámicas de la pérdida de biodiversidad son complejas, alimentadas en el tiempo por historias de sistemas injustos en la tenencia de tierras, el extractivismo de negocios locales, nacionales e internacionales, legales e ilegales. Muchas de estas causas de la pérdida van muy ligados a incentivos “cortoplacistas” para comunidades indígenas y campesinas de escasos recursos – como lo son el alquiler de tierras para el monocultivo–, hasta políticas nacionales no sustentables hasta políticas nacionales no sustentables, incluyendo ciertos modelos económicos basados en producción de commodities.

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También la cultura se extingue con los bosques

La pérdida de biodiversidad es solo el primer eslabón para iniciar con el fin de identidades, costumbres, formas de vida que hace únicos a los grupos humanos. Con cada especie desaparecida, desaparecen también los usos, costumbres y las culturas humanas que subsistían a partir de esa especie animal o vegetal en un determinado ecosistema, en un determinado clima. “En términos generales, es pérdida de conocimiento, que fue establecido durante decenas o cientos de generaciones a partir de prueba- error”, comenta al respecto el biólogo Danilo Salas, coordinador de la oficina de gestión del conocimiento en la Fundación Moisés Bertoni.

El mismo tereré no surgiría como forma de refrescarse si no fuera por la disponibilidad de las hierbas medicinales y la yerba mate. Así también, se extinguiría en su forma más tradicional y patrimonial a medida que se extingan ecosistemas que albergaban ciertas hierbas medicinales como el katuava, el jaguarete ka’a, entre otros, así como las especies de animales e insectos que las polinizan y dispersan.

José cuenta cómo de pequeño todavía jugaba en el monte, se alimentaba de distintos tipos de carne y utilizaba normalmente múltiples plantas medicinales. Los nombres de las personas en su comunidad eran los de una planta: “Mi nombre es José, el que aparece en mi cédula. Pero mi nombre real es Itá Poty (flor que crece en la piedra). Yo comparo esto con cómo crecen las plantas: cada persona pertenece a una planta, y por eso da flores o frutos. Pero ahora, ya menos gente tiene rera “ka’aguy””, explicó. La reflexión que siguió a esto, fue: si cada persona con un sentido de pertenencia a una especie del bosque entiende que debe dar “flores y frutos”, ¿qué sentido de pertenencia podrían tener las personas que eliminan flores y frutos?

Es así como cada extinción representa un problema grave, no solo para las generaciones futuras o para la ciencia, sino para todos los componentes sociales y económicos que dependían de esa especie y de su cadena trófica: se pierden opciones nutritivas, oportunidades de vida, manifestaciones culturales, identidad, y los mismos servicios ecosistémicos que eran enriquecidos con la existencia de esa especie. Todos los elementos alguna vez asimilados de la naturaleza que guardan relación con esa especie extinta, se debilitan. “Es un entramado de relaciones que se va deteriorando a diversos niveles lo que lo hace menos estable y más frágil”, explica Salas.

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